martes, 19 de septiembre de 2017

Finalistas Concurso Manga Norma 2017

Desde que abrí el blog me dediqué a hacer un repaso personal a los finalistas del anual Concurso Manga de Norma en sus ediciones de la VI a la IX pero debido al descenso de la calidad de las propuestas de los últimos dos años dejé ese repaso fuera del contenido del blog. Sin embargo, escribo hoy estas líneas precisamente porque estoy gratamente sorprendida con las propuestas recién reveladas como finalistas de la presente edición del concurso. Como siempre, voy con mi top tres:



La primera historia que me llamó la atención por su diseño de personajes, estilo y trama fue esta obra de fantasía con un toque amargo ya desde el principio. Aunque es de mis favoritas por el aura decadente que desprende, reconozco que se trata de un inicio de lo más ambiguo del que difícilmente puede predecirse el rumbo que tomará la historia, lo que la convierte en una apuesta arriesgada. En cualquier caso, destaca por su madurez y creo que se merece aparecer en este top.



En todas las ediciones del concurso hay una mayoría de propuestas inspiradas en los esquemas del shonen o el seinen pero siempre hay una que sigue, en mayor o menor medida, el cánon de las obras de demografía shojo y en esta edición El pescador de estrellas destaca por su calidad y originalidad. Sinceramente, si no fuese porque hay una obra absolutamente excepcional entre los finalistas, habría votado esta propuesta... este concurso me lleva generando frustración por este mismo motivo desde sus primeras ediciones, es una lástima que sólo pueda haber un ganador.

1) Reboot


Reboot es un soplo de aire fresco. La experiencia en el sector de Manu Kuroudi López no puede ignorarse, muy lejos queda aquel primer tomo de Ataraxia que le sirvió de puente para crear una obra excelente a lo largo de la cual fue depurando su estilo hasta conseguir ese grafismo tan característico, con un dominio inmejorable de los efectos en blanco y negro y unas líneas increíblemente limpias y dinámicas. Así, su estilo de dibujo es el más atractivo de entre todas las propuestas, con muchísima personalidad y dominio no sólo de las expresiones faciales sino también de los fondos, con lo que no deja ningún aspecto sin cubrir. Además, la magnífica portada a todo color sugiere que se ha quitado de encima también su asignatura pendiente en su obra anterior. Su protagonista Cisco nos cae bien inmediatamente y se las apaña para presentar muchísimos detalles en muy pocas páginas. No puedo esperar a leer la continuación.

Dejando de lado mi top de favoritos, no quería dejar de comentar otras cosas que me llaman la atención entre los demás participantes. Como todos los años, la mayoría de finalistas pecan por los mismos motivos. Hay una obsesión por escoger Japón como escenario o, al menos, aunque se trate de la más pura fantasía, poner nombres japoneses a los personajes por doquier como sucede en Ryoko o Superior baseball; especialmente flagrante es este último caso en que todos tienen nombre japonés pero se comenta literalmente "no sabemos siquiera si habla español".


Bajo mi punto de vista, otro error común es el de hacer un despliegue artístico en las diez páginas que dictaminan las bases del concurso sin introducir ningún argumento que guíe un poco al lector sobre los pasos que podría seguir la obra, como es el caso, por ejemplo, de Eugenesis. Y, por supuesto, no podían faltar las "inspiraciones" en obras manga de éxito publicadas por la propia Norma Editorial... especialmente el dúo creativo formado por Ohba y Obata que sirven de referentes tanto a nivel argumental como gráfico.


Dicho todo esto, insisto en que estoy asombrada con la calidad en general de casi todos los finalistas, son más de tres las obras que considero dignas de ganar el concurso pero han conseguido colarse en mi top al tratarse de géneros que no me entusiasman como la comedia o el spokon. Con esta entrada abro la veda para volver con energías renovadas a escribir reseñas, últimas lecturas y demás entradas relacionadas con el manga tras un par de meses de parón.

Por si os interesa:
- Repaso a los finalistas de las ediciones de 2011, 2012, 2013 y 2014 (enlace haciendo click sobre cada año)
- Reseña del ganador del VI concurso: El síndrome del hilo enredado, de Lolita Aldea y Miguel Gómez Cabrero

viernes, 15 de septiembre de 2017

Inercia

Voy tres años tarde pero creo que me acabo de enamorar de (la obra de) Antonio Hitos. En realidad estoy siendo un poco tramposa aquí porque sí leí hace cosa de un año el primer número de Voltio en el que él participó pero ya que se trata de una antología lo paso un poco por alto.


Quizá es porque pertenezco a la misma generación que el autor pero no he podido evitar sentirme identificada con el protagonista de Inercia, incluso cuando nuestras «trayectorias vitales» no tienen nada que ver. De hecho, mucho me temo que yo todavía me dejo llevar más por la inercia que el propio Jaime. Si reflexiono un poco sobre el tema creo que, hasta cierto punto, prácticamente todo el mundo se ha dejado llevar siempre por la inercia pero digamos que la nuestra se ha tornado más bien en apatía.

Los personajes de Inercia son jóvenes pero viven asqueados, o están en paro o tienen trabajos que odian, se hartan a comer fast food mientras comentan lo poco sana que es, deben enfrentarse constantemente a la frustración de haber alcanzado la edad adulta siendo en realidad adolescentes que a duras penas sobreviven por su cuenta. Por si esto fuera poco, hay un enfrentamiento claro e irreconciliable con los demás, con la gente, con el mundo en general. El protagonista trabaja en una tienda de música por lo que día a día debe interaccionar con todo tipo de personas y atender a sus estrafalarias peticiones o soportar con calma zen los modales de algunos clientes. Así que sube la apuesta y retrata nuestra sociedad actual con un amplio de miras sorprendente sin salirse nunca del rígido punto de vista establecido.


Por si las anécdotas costumbristas no fueran ya una de mis debilidades, aún me maravilla Hitos con una divagación del protagonista en que reflexiona sobre el origen único y común de todos los seres vivos del planeta y la serie de viñetas que acompaña dicho discurso; o el autor es un forofo de la biología o se documentó con inestimable precisión mientras dibujaba las páginas de Inercia. Es un regalo para la vista. Y encima critica también la homeopatía, es que no le puedo pedir nada más a un cómic.

Inercia es la primera obra larga del autor pero nadie lo diría. Sé que suelo ser muy repetitiva con los comentarios del tipo "no está mal pero se nota que el autor es novel" pero en este caso no puedo decir otra cosa que chapeau, aunque vaya con tres años de retraso porque pocas obras he leído que hayan resonado tanto en mí y que encima sean tan redondas porque es que incluso en el desenlace triunfa el autor abarcando ya cualquier tema que pueda ser relevante para el lector. Creo que el único detalle que me chirría en esta obra es su localización en un país anglosajón, quizá Estados Unidos, innecesaria ya que es una historia que podría tener lugar aquí mismo.


A nivel gráfico he visto pocas genialidades que estén al nivel de Antonio Hitos. Todo en su estilo es llamativo y característico, el uso del color, el diseño de personajes, sus muecas, la arquitectura de las viñetas y los juegos que consigue con su distribución. He disfrutado como pocas veces lo hago con el aspecto más puramente estético del volumen, tanto que incluso si la historia no me hubiese gustado lo podría recomendar a modo de libro de ilustraciones.

Con el overbooking aparentemente aleatorio de lecturas de la biblioteca me parece muy significativo que el sello Salamandra Graphic se haya llevado un porcentaje tan elevado de mis últimas reseñas, sobre todo teniendo en cuenta que no es que saquen muchos álbumes al año. Visto el éxito tengo muchas ganas de echarle el guante a otros títulos de la editorial que, además, me han recomendado con énfasis.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un policía en la luna

Me encuentro en una de esas situaciones en las que lo último que quiero es escribir una reseña que tarde más en leerse que el propio cómic que comento. Un policía en la luna no es un cómic mudo pero bien podría serlo. Lo cogí con ilusión en mi bienamada biblioteca después de haber catado ya a Tom Gauld con su recopilatorio de tiras cómicas Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, del que no llegué a hablar en el blog porque no tiene argumento como tal aunque me proporcionó alguna que otra risotada. Tenía mucha curiosidad por saber qué trama era capaz de hilar alguien con tanto ingenio como para concebir una tira cómica semanal.


El título se explica por sí solo ya que esta obra se centra, precisamente, en un policía destinado en la Luna. Aunque en algún momento de su vida fue él mismo quien quiso trabajar allí, ahora solicita un traslado de vuelta a la Tierra en vista de que todos están abandonando el solitario satélite y ya no consigue recordar por qué quiso ir en primer lugar.

Hace un tiempo leí un hilo de Faye en que comentaba lo ilógico que le parecía que el cómic (casi) nunca se clasifique por géneros en las librerías; es decir, siempre hay una zona (más o menos grande) destinada a todo tipo de cómics pero estos están, como mucho, separados por país de procedencia (con la separación más clara siendo la de manga, cómic americano, BDs y una sección adicional para los tebeos patrios), nunca por género. Pero el formato en viñetas permite que Un Policía en la Luna pudiese colocarse tanto en la sección de ciencia ficción como en la de poesía.


Lo de la ciencia ficción es obvio, al fin y al cabo ya en la portada se puede ver a un señor con traje de astronauta que se pasea por los cráteres lunares y, en cuanto nos situamos en un escenario extraterrestre todo el mundo es rápido en asignarle el género a una obra, al menos a las novelas. Sin embargo, Tom Gauld opta por aprovechar la extravagancia de dicho escenario para poner de relieve una serie de reflexiones existencialistas, un recurso que, por otra parte, caracteriza numerosas novelas del género y, por supuesto, también otros cómics (se me ocurre el caso de Yuna).

Lo de la poesía se me ocurre por la rígida disposición de viñetas, que me recuerda a la necesidad de contar las sílabas de cada verso; por las metáforas, un recurso que caracteriza sin duda tanto a esta obra como a este segundo género; y, por supuesto, por el lirismo, por ese «show, don't tell» llevado al máximo exponente en una obra donde una de las acciones más transcendentales del protagonista consiste en comerse una rosquilla.


Es pues ésta una obra minimalista. En todos los sentidos. Lo es en dibujo, lo es en diseño de personajes, lo es en cantidad de los mismos, lo es en palabras, en escenario, en cualquier cosa excepto quizá en su mensaje. Es difícil saber si Tom Gauld pretendía hacer una crítica social en la línea de sus tiras cómicas para The Guardian o si simplemente le apetecía contar qué podría hacer o pensar un policía en la luna. Los diálogos que aparecen son escasos (debido a la muy reducida población lunar) y breves pero ninguna palabra se ha escogido al azar.

Un policía en la luna es un gigantesco «cuidado con lo deseas porque podría hacerse realidad» que le sirve al autor para ahondar, una vez más, en nuestra humanidad, en lo que somos, en por qué hacemos lo que hacemos y, sobre todo, en nuestra naturaleza como seres sociales.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Eres mi madre?

Cuando me enteré de la mera existencia de esta obra pensé que sería relativamente similar a Fun Home. Es decir, un esquema parecido pero sustituyendo al padre de Alison por su madre. Sin embargo, supongo que era obvio que no iba a ser lo mismo hablar de un padre que falleció y con el que nunca tuvo una gran relación que hablar de su madre, dispuesta a revisar con lupa cada una de las palabras que escribiese su hija sobre ella, a modo de filtro de calidad previo a la entrega del manuscrito a la editorial.


De la misma forma que Fun Home se centraba en la homosexualidad de Alison a través de la de su padre, ¿Eres mi madre? se centra en la fragilidad psicológica de la autora, partiendo de la premisa de que todos sus problemas emocionales se nutren de una relación disfuncional con su madre desde su misma concepción.

Me atrevo a afirmar que ¿Eres mi madre? gira en torno a las distintas sesiones de psicoterapia primero y psicoanálisis más adelante a las que se ha sometido Alison desde que falleció su padre, pero que abordan con reiteración la relación con su madre. De hecho, ya en el primer capítulo nos muestra un esquema cronológico para ayudarnos a ubicar un poco mejor los saltos temporales que caracterizan a toda la obra en el que destaca la presencia preeminente de las dos psicólogas que la han tratado por encima de las distintas parejas que ha tenido. Pero no solo a estas sesiones hace referencia sino también a todo el autoaprendizaje que realizó Alison a base de leer exhaustivamente literatura técnica de reputados psicoanalistas desde Freud hasta Winnicott.


Después de todo un año es posible que no recuerde lo suficientemente bien Fun Home como para hacer este tipo de comparaciones pero me da la sensación de que allí la autora integraba mejor guión y dibujo mientras que ¿Eres mi madre? es, a todas luces, un ensayo sobre psicoanálisis. El problema aquí es dual. Por un lado, soy tremendamente reticente a esta práctica: una rama de la psicología que nació a partir de los sinsentidos de Freud difícilmente será de mi  agrado. Ya me ocurrió con Un método peligroso (una película sobre Carl Jung, un discípulo de Freud) y con otra novela gráfica, Cautivo, que ni siquiera reseñé en el blog de lo poco que me transmitió.

Por el otro (lado), por mucho que entienda ese ansia por transmitir el conocimiento que ha resultado revelador para uno mismo, Alison intenta sintetizar en una sola novela gráfica toda una serie de teorías psicoanalíticas que ha ido incorporando a lo largo de las décadas. Los extractos literales de todos esos libros pueden encontrarse por decenas en las páginas de ¿Eres mi madre? Por mucho que la autora se haya esmerado en la selección de fragmentos, el exceso de jerga (que ella misma reconoce hacia el final) dificulta la lectura, excesivamente intrincada para los profanos en la materia.


Otro célebre personaje con el que Alison establece paralelismos sin parar es Virgina Woolf, lo cual no deja de parecerme escabroso teniendo en cuenta su final. Así, va hilando retazos de su propia vida con una combinación de obras y memorias de Woolf, estableciendo continuamente puentes entre todas ellas y volviendo siempre a la misma búsqueda de sentido de la maternidad, la feminidad y, en última instancia, de la posición que cada uno ocupa en el mundo.

En una obra con un título tan llamativo resulta irónico que una de las características que tienen en común tanto Virgina como Winnicot como Alison sea, precisamente, que todos decidieron renunciar a tener hijos. A juzgar por lo que cuenta la propia Alison, Virginia no pudo evitar plasmar en sus novelas su tormentosa relación con sus padres mientras que Winnicot dedicó toda su vida profesional a investigar la psique de madres y recién nacidos y como la primera afectaba a la segunda. Por su parte, Alison es reconocida internacionalmente por las biografías que ha realizado de su padre primero y de su madre después.


¿Eres mi madre? no ha sido para nada la lectura que esperaba y es posible que sólo por eso ya se me haya hecho cuesta arriba pero, a la vez, ha sembrado el interés por una serie de temas e ideas que estoy segura de que van a seguir rondándome la cabeza durante un tiempo. Alison Bechdel demuestra una capacidad de introspección titánica acompañada de una sinceridad abrumadora que nos permiten asomarnos con claridad a todas sus inseguridades y dudas sobre su vida que son, a su vez, sobre la misma creación de esta obra, hasta que ya no se puede discernir una de la otra.

martes, 22 de agosto de 2017

Cuadernos Japoneses

Tras Los Pies Vendados, del autor chino Li Kunwu, Casualmente, del autor japonés residente en Reino Unido Fumio Obata y Ladronzuela, del autor surcoreano Micheal Cho, le tocó el turno a Cuadernos Japoneses, de Igort, en este caso un autor italiano que vivió y trabajó en Japón durante una larga temporada. Lo que comenzó con el deseo de querer alejarme un poco del manga tras leer la maravillosa y desenfadada primera entrega de Giant Days terminó en una selección accidental de títulos que en mayor o menor medida giraban en torno al continente asiático ya fuese por la nacionalidad de sus autores, por el emplazamiento de la historia o por su trama principal. Y así es como acabé con Cuadernos Japoneses entre mis manos donde un autor occidental explica, entre otras cosas, cómo vivió él la creación de manga.


Igort sintió una profunda fascinación por la cultura, arte y tradición japonesas desde su juventud, lo que le llevó a hacer numerosos viajes a Japón, residiendo allí durante largas temporadas mientras trabajaba para una editorial tan prestigiosa como Kodansha. Estos cuadernos japoneses no dejan de ser una mezcla entre diario y ensayo en que el autor aborda de forma caótica diversos aspectos del país nipón, centrándose quizá en los más llamativos tanto a nivel histórico como personal.

Gran parte de este volumen aborda distintas personalidades japonesas incluyendo tanto novelistas como mangakas por lo que Igort repasa la vida y obra de autores tan variopintos como Mishima, Tanizaki, Jiro Taniguchi, Osamu Tezuka, Hayao Miyazaki, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Hokusai Katsushika sin ningún orden particular. Aunque el manga tiene, por lo tanto, un importante peso a lo largo de los cuadernos (no en vano serializó uno el propio Igort durante años) hay espacio también para hablar de cine, samurais, monjes y geishas, en un intento por comprender el espíritu japonés a partir de sus manifestaciones artísticas y culturales.


Sin embargo, al querer hacer un repaso tan amplio de Japón en sus más diversas vertientes, el volumen final parece compuesto por parches que se han ido colocando uno tras otro tal y como se le iban ocurriendo al autor. No hay un hilo, ni temático ni cronológico, y el autor salta de sus experiencias personales a lo aprendido investigando continuamente. Aún así, cada pequeña pieza de información es tan interesante que la estructura es lo de menos. De hecho, esa combinación de hechos (más o menos objetivos) con experiencias (más o menos subjetivas) resulta muy equilibrada ya que ambas actúan de forma sinérgica para tener un punto de vista lo más amplio posible en ese afán imposible de comprender un país entero.

En lo que al manga respecta, se nota el interés genuino del autor, que no sólo habla de los que para él son grandes mangakas sino también de cuál fue la inspiración de éstos. Disfruté en especial un pasaje en que narra su encuentro con Taniguchi, en el que hablaron sobre las diferencias entre el manga y la bande dessinée, en que el reconocido mangaka se lamenta de su lentitud (tomando como estándar el ritmo semanal japonés de 20 páginas) mientras que Igort señala que en el mercado franco-belga (y europeo por extensión) se suelen hacer tan sólo 48 páginas al año (para sorpresa del japonés). Y, dejando de lado las menciones obvias a nombres de la talla de Tezuka o Miyazaki, me sorprendió mucho el interés por Tsuge, del que aquí hemos podido catar El Hombre sin Talento (mencionado directamente en Cuadernos Japoneses) y La Mujer de al lado.


Entre tantísimos datos interesantes, confieso que me apena que la única mujer que se destaca entre los cuadernos es Abe Sada, una prostituta, embustera y homicida que alcanzó gran notoriedad en la sociedad japonesa. Me cuesta creer que entre tanto personaje ilustre masculino sea ésta la única mujer que mereciese ser mencionada en los cuadernos de Igort.

El formato es de lo más extravagante. Hasta tal punto que no creo haber encontrado antes unos cuadernos que combinen cómic mudo, ilustraciones, prosa y cómic, tanto a color como en blanco y negro, todo mezclado sin ton ni son, siguiendo el mismo caos ordenado de los temas que se tratan, el salto de formato delimita cada pequeño capítulo, si es que los puede llamar así.


Cuadernos Japoneses es una obra que transmite por todos sus poros la fascinación de su autor por Japón y que, a la vez, anima al lector a indagar sobre su cultura. Personalmente, me ha dejado con muchas ganas de seguir con esta inmersión cultural y aunque tenía la lectura de Red Red Rock estancada creo que es un buen momento para retomar a Hayashi Seiichi. En cualquier caso, le reconozco a Igort el mérito de haber logrado el éxito en un país racista y con tanta aversión por los gaijin.

lunes, 14 de agosto de 2017

La Historia de mis Tetas

Este verano he dejado un poco abandonado el manga pero no el cómic. Así he dejado atrás las batallas entre titanes, las intrigas políticas, los amoríos de instituto y tantos otros arcos argumentales que siguen y preceden a otros dentro de historias de las que yo no recuerdo el inicio y cuyo final podría no poder leer hasta dentro de varios años. Eso me llevó a otro tipo de títulos que siempre parecen tener en común la introspección de sus autores, la pretensión de llevar el formato del cómic a un propósito más elevado que el del simple entretenimiento, de transmitir un mensaje, de hacer reflexionar. Y pensaba que, a grandes rasgos, lo había conseguido. Hasta que vi La Historia de mis Tetas como novedad en la biblioteca al ir a devolver algunas de mis últimas lecturas y, una vez más, no me dejé amedrentar ni por el título, ni por la portada ni por lo que pesa, literalmente, esta novela gráfica de 350 páginas.


Creo que la última vez que un cómic me impactó de esta forma fue hace un año, cuando me adentré en Fun Home, de Alison Bechdel que también decidió contar con mucho garbo la historia de su vida, con especial énfasis en su orientación sexual y la relación con su padre. En el caso de Jennifer Hayden decidió que, más que contar su vida, podía contar la de sus tetas, protagonistas absolutas de sus acontecimientos vitales. Desde su infancia y adolescencia, cuando estaba totalmente acomplejada por la falta de ellas, hasta su vida adulta, cuando le diagnosticaron cáncer de mama y debió realizarse una mastectomía.

La Historia de Mis Tetas es una autobiografía muy completa en que su autora se desnuda ante miles de desconocidos para contarnos toda su vida, incluyendo su primer amor, la relación con sus hermanos y sus padres, los momentos que más feliz la han hecho y también los que más dolor le han provocado, y mucho, muchísimo más. Cuenta cosas tan íntimas con tanto detalle que es inevitable sentirse intrusa en una vida ajena, casi como si te estuviera contando más de la cuenta. Pero lo hace de forma tan distendida, con tanto humor, quitando hierro hasta a la propia muerte, que es fácil sacudirse esa sensación de encima.


Creo que este cómic se ha vendido como una obra sobre el cáncer y, por supuesto, en cierta forma lo es ya que son muchas las personas que forman parte de la vida de la autora, ella misma incluida, las que sufren esta dolencia a lo largo de sus vidas pero esa consideración me parece reduccionista. De hecho, teniendo en cuenta que se trata de una autobiografía (aunque sea a través de sus tetas como protagonistas), decir que es un cómic sobre cáncer sería como afirmar que toda la vida de Jennifer Hayden se resume a su cáncer. Y ella cuenta tantísimas cosas más...

A mí me parece más una historia sobre la vida, la muerte, el amor, la familia, la amistad, el entenderse a una misma, perseguir tus sueños, pero también a saber cuándo tienes que sacrificarte, sobre madurar, aceptarse y quererse. Es un cómic integral, con muchísima información, muchos matices, muchos detalles, de esas obras que te hacen meditar incluso cuando no las tienes entre las manos y que, al menos en mi caso, no se pueden digerir en un solo día, con lo que durará algunos días encima de la mesilla.


La autora reflexiona, por ejemplo, sobre la (ausencia de) importancia del aspecto físico, sobre qué te hace realmente mujer, sobre qué cosas son las que realmente importan en la vida. La pérdida está muy presente en toda la obra, y la muerte irrumpe en la narración cuando el lector menos se lo espera. Aunque aparecen decenas de personajes durante la obra, fiel retrato de la cantidad de personas con las que conectamos de forma significativa a lo largo de nuestra vida, y aunque su dibujo se caracteriza por su extrema sencillez, siempre es fácil recordar de quién se trata y seguir leyendo sin perder el hilo.

Utiliza mucho simbolismo para intentar explicar a través de imágenes recurrentes todo aquello que pertenece al mundo del intangible, como el halo que despide una persona que vive sin reparos ni remordimientos o el de aquella que sabe que se acerca su hora. Aparece a menudo un pájaro que actúa a modo de voz de la conciencia, siempre sarcástico, riéndose tanto de la ingenuidad como estupidez de la autora en cada error que ha cometido. ¿Os imagináis la enorme capacidad de introspección necesaria para evaluarse a una misma de esta forma? Siguiendo con el simbolismo, la huida de casa de sus padres la refleja como una barca que zarpa de un barco que se hunde a marchas forzadas mientras que su propia progresión en la vida la hace navegando río abajo, dejándose llevar por la corriente. Así es como aprovecha al máximo todas las posibilidades que le ofrece el cómic, y que no podría explorar en una novela convencional.


Me parece fascinante la forma tan natural de ilustrar sus relaciones interpersonales, ya fuese con su pareja, sus hermanos, sus padres, sus suegros o cualquier conocido. Tiene un desparpajo y una sinceridad abrumadoras, algunas de las viñetas bien podrían pertenecer a una de esas tiras cómicas de estilo costumbrista en que tantos autores se esfuerzan por reflejar la enésima escena de pareja que arranque una carcajada cómplice del lector. Porque, además del cáncer o la maternidad, es indudable que La Historia de Mis Tetas es la historia de Jennifer y Jim, y de su relación de largo recorrido, resistiendo todos los baches del camino y forjándose el uno a la otra y viceversa a través de los años.

Otro tema principal de la obra es la incertidumbre con la que viene acompañada la llegada a la vida adulta, cuando una tiene que decidir cómo ganarse la vida y todos los pequeños, y no tan pequeños, quehaceres que eso conlleva. Sacarse el carnet de conducir, comprarse un coche, una casa, casarse, formar una familia... La lista es infinita e inabarcable.


La narración es brillante y se apoya en cuatro pilares: los cuadros de texto en los que realmente nos cuenta su vida en primera persona, los diálogos entre los personajes, el dibujo y, por último, los comentarios descriptivos en las viñetas, que casi se fusionan con el arte, moldeándose al dibujo cuánto sea necesario. Es la combinación de estos cuatro elementos la que permite a Jennifer Hayden crear una historia tan fluida, tan divertida y tan entretenida, todo a la vez.

Llegada a este punto de la reseña, tengo la terrible sensación de haber escrito demasiado para no decir prácticamente nada pero eso es síntoma inequívoco de que he disfrutado tanto la lectura de esta obra que no sé ni cómo explicarlo así que en fin, echadle un ojo por favor, de verdad que es una joya.